domingo, 25 de octubre de 2020

G R I T A



Llevo meses buscando este momento para escribir la primera frase de lo que, se supone, iba a ser mi reflexión sobre muchos días. Tenía mucho que decir, pero no encontraba la manera. Miro hacia atrás porque ya no me atrevo a mirar hacia otro lado, se me ha hecho todo muy complicado. Y es importante que lo diga, porque las cosas que no se dicen SÍ que existen. No desaparecen porque no salgan por tu boca. Están en tu mente, en tus sueños inquietos y en tus días de estrés. Están en tus miedos y en tus inseguridades. Están en tus peores momentos. Y estén donde estén, lo que tienes que tener claro es que ESTÁN, y no van a desaparecer porque no las nombres.

El otro día caí en una iglesia, por casualidad, no soy creyente. Una madre salió a leer al altar en representación de todas las familias de los niñ@s que comulgaban ese día. La chica, en un acto de desesperación, encomendó la vida de los niñ@s que ahí estaban a la virgen, y, dejando aparte muchas barbaridades que en esa misa se dijeron y las cuales no voy a nombrar porque entraríamos en una polémica que ahora mismo no me interesa, realizó una reflexión sobre el mundo que les esperaba. En ese momento la mujer se puso a llorar y yo la entendí perfectamente. Su mente, de forma inconsciente, imaginó un futuro que no existía. Llevaba tantos meses preocupada por  el “hoy”, que el “mañana” ya vendrá, quien tenga la suerte de vivirlo. 

Ya no imaginamos, ya no planeamos y ya no soñamos. Tampoco nadie se queja, no está permitido, nuestros abuelos vivieron mucho peor que nosotros. Y ¡Un aplauso para todos los héroes! Que no son pocos. Perdón, gracias, lo siento, soy muy afortunada, pero…

Pero nada. Ni perdón, ni gracias, ni un aplauso para nadie… Si a alguien le tengo que pedir perdón es a mí misma. Por haberme descuidado, por no haber hablado, por no haber planeado, por no haber soñado, por no haber llorado lo que tenía que llorar. Por haberme bloqueado, por no haber dicho que estaba enfadada, angustiada, asustada, inquieta, sorprendida, triste… porque ahora, que soy libre, que tengo todo lo que puedo tener, que soy feliz y afortunada, ahora, ahora ya no puedo hablar.

Nadie es responsable de lo que yo sienta, pero sí que siento que hay muchos culpables que me han hecho sentir así. Culpables por haber mentido, culpables por haber obviado la situación y culpables por haber hecho culpables a quienes no lo eran. Culpables por haber empezado una lucha cuando todo un país se iba al garete y por haber creado una guerra en la que han querido meternos, sin saber muy bien si íbamos a ser los buenos o los malos. Culpables por no haber salido TODOS JUNTOS y haber reconocido, ante 50 millones de españoles, que no estábamos preparados para esto, que estábamos sobrepasados y que lo íbamos a pagar muy caro ¿No nos visteis preparados para escuchar eso pero sí nos visteis preparados para vivir lo que vivimos? Culpables por no haber tenido la valentía de decirnos:

-Esto es la mierda más grande de este mundo pero ¿Sabéis qué? Estamos todos juntos en esto y estamos contigo.

Me parece que sois los máximos culpables.

Soy maestra y es una gran suerte que mi trabajo sea mi gran terapia desde siempre. Me libera mucho el pensar que tengo delante las mentes del futuro, pero también me da mucho miedo que no sean capaces de ser libres, en muchos sentidos. Cada vez que un niño viene y me dice que fulanito le ha pegado, siempre le digo lo mismo:

-¡Pues ve y habla con él, díselo, dile que no te gusta que te peguen! Pero díselo a él porque ha sido él quien te ha pegado, no yo. Y si no te gusta algo, dilo. Y si sientes rabia, grita con todas tus fuerzas, que se entere el mundo que estás rabioso, que tienes miedo, que no estás de acuerdo. Y si algo no sale bien, si tus gritos no llegan, si ese niño te vuelve a pegar… entonces que sepas que estoy aquí, contigo.

Solo me queda la tranquilidad de que tenemos la capacidad de salvarnos a nosotros mismos y  de que hemos sabido gestionarlo solitos. Que mientras médic@s, enfermer@s, farmacéutic@s y auxiliares estaban ahí, al pie del cañón, creamos una sociedad nueva, al margen de políticos y buitres. Sí, una sociedad diferente. Que no te mientan, no es cierto eso de que no hemos cambiado en nada, porque los buitres seguirán siendo buitres, con pandemia y sin ella, pero el resto no. Mientras las familias se morían de hambre y de miedo, y los buitres se llenaban la boca con grandes medidas, ahí estuvieron ellos: supermercados, mercados de abastos, pequeños comercios, asesorías, fábricas, etc. para gestionar la incompetencia de muchas personas que tienen sueldos desorbitados y que, se supone, están ahí para velar por nosotros.

También me queda la tranquilidad de ver cómo hemos convertido nuestros colegios en espacios seguros. Redistribuimos y volvimos a distribuir en función de lo que a cada político de turno se le iba viniendo en gana. Ahora grupo burbuja, ahora distancia de seguridad, ahora entran los especialistas, ahora no, sí mascarilla, no mascarilla, clases en el patio, clases en barracones, en gimnasios, en aulas TIC, en salas de profesores, en aulas de música, etc. Grupos mixtos, división de grupos del mismo nivel, fuera apoyos, fuera especialistas y, lo único bueno de todo esto, reducción de ratios. Nosotros hemos cumplido y hemos asumido.

Y, por último, me queda la alegría y la tristeza de ese 7 de septiembre, cuando abrimos las puertas del colegio y ahí estaban ellos, con sus mascarillas, en su zona correspondiente, con los deberes hechos. Fueron pasando uno a uno. Ciento cincuenta niñ@s pasando uno a uno, ¡increíble! No se escuchó ni una sola queja. Y así llevamos dos meses. Yo creo que está claro de quién sí podemos aprender.

Si tuviera que pedir perdón a alguien, le pediría perdón a esos niñ@s, porque van a ser una generación diferente. Eso es inevitable. Pero nos habéis dado una gran lección de valentía y educación.

Mi abuela se ponía muy nerviosa cuando tenía que ir al médico o cuando las cosas no salían como debían salir. Por costumbre, por rutina o porque debía ser así y punto. Miraba las noticias con mucha atención y momentos históricos que yo recuerdo como increíbles y duros a la vez que lejanos a lo que viene siendo mi día a día, es decir, te pueden afectar pero no los percibes como un peligro para ti, a ella le sobrecogían y le afectaban mucho, y ahora la entiendo tanto. Es que tienen razón, ellos no han vivido lo mismo que nosotros. Ellos han pasado hambre y por eso mi abuela compraba el pan todos los días como puedo yo comprar ahora… nada, no encuentro comparación ninguna. Yo no compro nada con tanto valor como el que le daba mi abuela al pan. Por eso quizás mi aplauso final iría para ellos, para los abuel@S, por haberos quejado, por haber dicho que no estabais de acuerdo, por haber luchado, por no haberos quedado callados y por haber gritado con todas vuestras fuerzas hasta haber logrado tener un trozo de pan sobre la mesa cada día. G R A C I A S.